Aquel sábado no me desperté precisamente con buen ánimo. No podía ser de otra manera, unos días antes me comunicaran que mi abuelo se estaba muriendo, tenía cáncer y le quedaba poco más de un mes de vida. Mi padre se fue a México para verlo y acompañarlo en su trance final. Mientras yo y el resto de mi familia nos quedamos en Amposta. Tenía que seguir con mis rutinas... el baloncesto, los estudios... pero no me podía concentrar. Recuerdo que suspendí un examen de inglés y no me importó, puesto que mi mente estaba a miles de kilómetros, al lado de mi querido abuelo.
La vida transcurría monótonamente aquel sábado. Mi madre me preparó una lista de la compra y salí de casa decidido a satisfacer los deseos de mi madre. Al regresar, sonó el teléfono. Era mi padre que desde México nos quería comunicar la terrible noticia. Recuerdo exactamente las palabras de mi madre y el rostro que poco a poco se iba entristeciendo más y más.
- ¿Sí?
- ...
- ¿Y sufrió mucho?
- ...
Entonces lo supe, había muerto.
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